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segunda-feira, 20 de julho de 2026

Excesso de paparicação


La era de la inmediatez: ¿por qué mi hijo parece un eterno insatisfecho?

Se tiende a creer que proporcionar a los menores todo lo que piden es una muestra de amor, pero, lejos de ser un beneficio, el exceso de cosas materiales puede suponer un verdadero castigo para su desarrollo


La sobreabundancia de estímulos y recompensas puede dificultar el desarrollo de la paciencia en la infancia.JGI/JAMIE GRILL (GETTY IMAGES/TETRA IMAGES RF)

ALEJANDRA MELÚS
Madrid - 20 JUL 2026 - 00:30 BRT

En la sociedad actual, una de las preocupaciones más recurrentes entre progenitores y educadores es la sensación de que los niños y adolescentes de hoy viven en un estado de insatisfacción permanente. A pesar de tener acceso a más recursos, tecnología y bienes materiales que cualquier generación anterior, muchos menores parecen incapaces de alcanzar un estado de plenitud o gratitud en sus vidas. Para comprender este fenómeno, es necesario analizar la estructura de la sociedad del momento y cómo los mecanismos de recompensa han sido alterados por la cultura del “ahora o nunca”.

Vivimos sumergidos en la denominada era de la inmediatez. En esta sociedad, el deseo y la posesión se han apoderado de todos, dejando de lado a la perseverancia y la paciencia. Hoy en día, aquello que se desea puede adquirirse en el mismo día. Las plataformas de compra online han transformado el consumo en un acto impulsivo donde, a golpe de clic, cualquier objeto llega a la puerta del hogar en menos de 24 horas. Esta manera de vivir ha cambiado todos los esquemas establecidos hasta el momento: la vida va rápido y pocas cosas se permiten el lujo de cocinarse a fuego lento, con el tiempo y el procesamiento que requieren los procesos naturales del crecimiento.

Esta cultura de la rapidez se ve reforzada por el consumo digital. Lo que más vende en la actualidad es lo fugaz, como los vídeos en redes sociales que duran apenas unos segundos y ofrecen estímulos constantes, las series donde ya nadie ve la cabecera o las lecturas de menos de un minuto donde la atención es escasa y no exige demasiado de uno mismo. Este entorno enseña a los menores que el placer debe ser instantáneo y que el intervalo entre el deseo y la satisfacción debe ser inmediato o incluso inexistente. Sin embargo, este modelo de gratificación inmediata es el enemigo principal de un desarrollo emocional adecuado y saludable.

El valor del esfuerzo, la espera y la perseverancia

Frente a esta conducta que exige rapidez, es esencial recordar que la perseverancia, el esfuerzo y la espera no son rasgos innatos, sino valores que se adquieren mediante la práctica y la constancia. Nadie puede aprender a esforzarse si no practica dicho hábito de manera regular. Para que un menor los integre en su personalidad, es necesario que viva en su propia piel lo que supone el valor del trabajo, la elaboración, el proceso y la espera hasta poder recoger su recompensa.

Esperar y esforzarse por un objetivo fomentan el bienestar al alcanzarlo, por tanto, otorgan satisfacción y felicidad. Cuando un niño debe trabajar para lograr una meta, el resultado final produce un sentimiento de gran orgullo personal. Ese esfuerzo otorga un valor intrínseco a lo logrado. En cambio, si el camino hacia el logro es corto y no supone ningún esfuerzo para uno mismo, la recompensa será percibida como escasa. No se experimenta un verdadero éxito si no ha habido un reto previo. Por el contrario, un camino más costoso y extendido en el tiempo, que exige resiliencia y trabajo diario, permite que el individuo aprenda a valorar cada uno de los pequeños logros alcanzados a lo largo del proceso, no solo el éxito final, sino cada paso dado, por mínimo que sea.
Si el camino hacia el logro es corto y no supone ningún esfuerzo para uno mismo, la recompensa será percibida como escasa.MARILYN CONWAY (GETTY IMAGES)

Se tiende a creer que proporcionar a los hijos todo lo que piden es una muestra de amor o un regalo para su bienestar. En ocasiones, por falta de tiempo o medidas de conciliación, se cree que dar a los hijos todo aquello que piden suple las oportunidades emocionales que no se pueden ofrecer, como el tiempo de juego compartido o un plan en familia.

Pero, lejos de ser un beneficio, el exceso de cosas materiales puede suponer un verdadero castigo para su desarrollo. El error fundamental reside en creer que lo material puede suplir a lo emocional. Cuando un niño recibe todo lo que desea de forma sistemática, desarrolla una baja tolerancia a la frustración y cae en una espiral de eterna insatisfacción. En este estado, nada es suficiente. Lo que ayer era un deseo irrefrenable, hoy se vuelve poco, encontrándonos ante niños que dicen desear algo enormemente y, al adquirirlo, lo dejan a un lado sin volver a usarlo nunca más. Esto les hace experimentar un sentimiento de vacío constante. Se refirma el refrán de “no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”, ya que cuanto más recibe el menor, más necesita para satisfacer su emoción de deseo y plenitud, pero a su vez cada vez se siente más insatisfecho e ingrato.

Se trata de un círculo vicioso que a veces cuesta reconocer y del que es difícil salir si no se es consciente de ello, ya que se ha dado a los objetos el poder de ser los responsables de la felicidad de un niño, cuando verdaderamente no tienen la capacidad de llenar sus necesidades afectivas ni emocionales. La felicidad basada en lo que se puede comprar o tocar es, por definición, efímera e irreal. El verdadero bienestar no se encuentra en aquello que se puede ver o tocar, sino en lo que se siente o experimenta. El bienestar no lo producen las cosas sino las personas, las experiencias, los momentos compartidos o las relaciones interpersonales.

Lo material va y viene; en cambio, lo emocional se genera poco a poco en uno mismo, siendo parte de este y convirtiéndose en su guía interna y su fuente de resiliencia. Por lo tanto, es fundamental educar a los menores en un sistema de valores fuerte y seguro, donde las raíces se asienten en sus primeros años de vida como un pilar o cimiento inquebrantable y la coherencia entre el mensaje verbal y los actos sea su herramienta educativa más potente.

Alejandra Melús - via EL PAIS

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