Que os ianques são delinquentes inescrupulosos, já ficou demonstrado desde a fundação do estado norte-americano, quando eliminaram as populações autóctones, invadiram e tomaram terras mexicanas, escravizaram, perseguiram e trucidaram africanos, por exemplo.
Em momentos posteriores, são incontáveis os outros atos de truclência por eles praticados, no afã de adonarem-se dos recursos naturais de outros países e de destruirem politicas sociais que implementavam a mitigação das desigualdades, como ocorreu no Vietnam, na Líbia de Kadhafi e no Iraque.
O problema da pirataria ianque está no sangue, herdeiros que são das práticas inglesas contra outros povos, despidas de qualquer escrúpulo e pudor.
Como a melhor defesa é o ataque, sempre convém a eles acusar os outros povos de atos supostamente criminosos, quando convém aos seus interesses e aos interesses dos seus parceiros históricos, de sorte a legitimarem suas práticas golpistas nefastas, dourando a pílula para vender à opinião pública mundial.
A suposta guerra contra o narcotráfico serve para mascarar suas verdadeiras intenções imperialistas. Seus laboratórios e indústria química envenenam os outros povos impunemente, valendo-se de fármacos que produzem mais efeitos colaterais que benefícios e de agrotóxicos que envenenam todas as camadas das populações do mundo, desde os bebês até os idosos.
A política recente de Donald Trujmp, em relação ao uso da maconha (até então acusada de ser a porta de entrada para outros vícios degradantes), evidencia que a motivação da proibição legal desta ou daquela substância sempre foi condicionada ao interesse do capitalismo e não com foco na saúde das pessoas. Agora a maconha virou remédio. Não estou a dizer que a maconha é saudável, obviamente, assim como não o são o tabaco e muito menos o "wiskey", os quais as empresas norte-americanas fabricam e exportam, impunemente.
Se os norte-americanos estivessem seriamente empenhados em combater os crimes contra a saúde pública, deveriam dar exemplo proibindo a exportação dos venenos que produzem. Combatendo a produção e consumo de cocaína, de ópioides e de outras porcarias semelhantes, ao mesmo tempo em que incentivam o consumo de bebidas alcólicas com teor de até 40 graus e de tabaco, demonstram que suas políticas contra substâncias nocivas e viciantes são pura hipocrisia.
A ofensiva atual - arrogante, que fala abertamente em "dominação" dos outros povos - implementada pelo governo Trump, visa mascarar o desfavorável estado econômico interno, motivar aumento da demanda por armas e equipamentos bélicos, reanimar militares golpistas, esconder os fracassos de Milei, colocar uma espada de Dâmocles sobre magistrados que combatem práticas golpistas, mas sobretudo destruir a infra-estrutura de outros países, para que o sistema financeiro internacional possa oferecer recursos, a juros escorchantes, a serem utilizados na recuperação das mesmas infra-estruturas destruidas pela força das armas.
Cria-se um ciclo interminável e cruel de demanda por recursos e de geração de lucros para os rentistas, quando se engendra conflitos e se destroi os países alheios.
Agora mesmo Trump está dizendo que as petroleiras irão implementar programas de recuperação da supostamente sucateada infraestrutura da indústria pertolífera venezuelana. Advinhe quem irá pagar a conta, se não todos os povos que adquirem combustíveis daquelas multinacionais americanas, inglesas e holandesas (Repsol, Shell, Texaco).
Portanto, acreditar nas boas intenções de Trump corresponde a passar atestado de otário, no mínimo. Só quem não possui um mínimo de visão compra o discurso daquele fingido seboso e seus adeptos.
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Por Felipe Yapur
04 de enero de 2026 - 0:01
Mirada. Donald Trump siguiendo el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. (Imagen Web)

Por Felipe Yapur
04 de enero de 2026 - 0:01
Mirada. Donald Trump siguiendo el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. (Imagen Web)A Donald Trump la democracia no le interesa. No cree en ella. Más bien le resulta un instrumento inútil, complejo y que, a su entender, le complica el proceso de transformación social y económico que rige el mandato libertario, voraz e imperialista del capital. Y, por supuesto, se considera así mismo como el único con la decisión política y el poder suficiente como para llevar adelante esa faena. La agresión a Venezuela y el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, se enmarca en este proceso concreto y cercano de degradación mundial que encabeza Trump. El peligro que representa es tan mortal como las bombas que los militares estadounidenses hicieron estallar en la capital venezolana o las que destina el ejército israelí en la Franja de Gaza. Es tan mortal y peligrosa que no se culmina en los límites geográficos venezolanos sino que se extiende a todo el subcontinente suramericano.
El ataque a Venezuela no tiene un ápice de justicia y es una clara y definitiva declaración de guerra imperial. El ingreso de tropas para secuestrar al presidente Maduro lo demuestra y Trump borra de un plumazo el derecho internacional que se buscó implementar luego de la Segunda Guerra Mundial.
Este acto desmorona las instituciones como la ONU y su carta con la que se pretendió regir la relación entre las naciones. En rigor, durante décadas se hizo la vista gorda y nunca se corrigieron errores de nacimiento que hoy muestran su ausencia de autoridad y la incapacidad para frenar un genocidio como el que se produce en Gaza o los delirios imperiales de un gobernante como Trump.
Delirios que necesitan de un sustento básico que representa el petróleo venezolano, cuya reserva supera largamente la estadounidense, y que se vuelve estratégico no solo para la custodia y control de lo que considera su imperio, sino sobre todo sus negocios.
A Trump no le interesa la sociedad venezolana, no le interesan ni el más joven ni el más viejo de ese país. No le interesa la educación, la salud pública, las universidades, las fábricas, los cultivos, los autos, los estadios, las casas, los edificios y mucho menos la democracia. Le interesan los activos, el petróleo, la infraestructura para extraerlo y nada más.
No hay otro interés, solo le importa doblegar a los venezolanos, dejarlos a un costado como mano de obra barata y que las empresas petroleras norteamericanas tomen PDVSA y su oro negro.
Trump dio la puntada final de una larga cantidad años de ataques a Venezuela que otros presidentes norteamericanos le impusieron. Primero fueron contra Hugo Chávez y luego, desde 2014 con Maduro presidente, la aplicación norteamericana de 930 sanciones económicas que destruyeron la economía local, llevó a la pobreza a miles más los intentos de magnicidio y la imposición de falsos presidentes como Juan Guaidó o la promoción de golpistas como María Corina Machado, para desestabilizar a Venezuela y su socialismo chavista
El ataque a Venezuela no ha finalizado. Solo se cumplió una fase con la que buscan darle un viso de falsa legalidad a la operación militar como es la acusación contra Maduro y su esposa. La realizó la justicia federal del Distrito Sur de Nueva York a través de una fiscal trumpista que acusó al matrimonio de enriquecimiento ilícito “al inundar Estados Unidos con cocaína”.
La prueba de la falsedad de esta denuncia que desnuda la verdadera intención de Trump es que hace pocas semanas, indultó al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, que había sido condenado a 45 años de prisión en los Estados Unidos por enviar 400 toneladas de cocaína a ese país.
No era el narcotráfico y mucho menos la defensa de la democracia lo que motivó el ataque. Es el petróleo y otros minerales que tiene Venezuela en su subsuelo.
Solo hay que recordar que en todos aquellos países, donde los Estados Unidos invadió para devolver la paz y la democracia solo dejó destrucción, pobreza, muerte y desesperación: Irak, Afganistán, Vietnam y tantos otros países lo confirman.
Lo que deja en claro esta agresión es que el control imperial ya no se terceriza. Ni a través de las dictaduras como en en los años 60 y 70 o los gobiernos neoliberales de la última década del siglo XX. Ahora, despreciando la democracia, lo hace Trump con las armas, las amenazas y la imposición de gobiernos como el de Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Perú y muy pronto en Chile.
Es por eso que la incursión sobre Venezuela tiene otros destinatarios. En primer lugar es un mensaje para los presidentes Lula da Silva de Brasil, Gustavo Petro de Colombia y Claudia Sheinbaum de México.
Los tres gobiernos que todavía mantienen su independencia y compromiso democrático con la distribución de la riqueza, la producción industrial y la lucha contra la desigualdad. No hay que olvidar a Nicaragua y Cuba, dos estados que Estados Unidos desprecia por su obstinación de ser libres y autodeterminadas.
Pero también ese mensaje está destinado a los pueblos latinoamericanos. A los que atacan de manera permanente con discursos, como en su momento lo hizo Milei, que resaltan el incumplimiento de las promesas de la democracia de una mejor vida, el desprecio a los instrumentos constitucionales y partidarios, y una permanente conspiración contra la solidaridad para favorecer la destrucción del tejido social e inundar de individualismo y el sálvese quien pueda en los pueblos del América Latina.
Para los que defienden la democracia, la autodeterminación de los pueblos, la solidaridad, la lucha por la igualdad, la justa distribución del ingreso, la salud y la educación pública, la ciencia y la industria local y hasta el mismísimo amor, la resistencia es inevitable, justa y obligatoria.
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